CONSUMIDOS POR EL CONSUMO, La clase media y la crisis económica

Las alzas en las tasas de interés y los cada vez más imposibles préstamos, tienen a la clase media chilena de cabeza. Cuando todo está más caro y las tarjetas de crédito no salvan a nadie, no hay más salida que empezar a recortar lo prescindible y desarmar el castillo de naipes que se construyó en base al famosos “tres cuotas, sin pie, sin intereses”, que ya está pasado a ser “sin pan, sin luz, sin agua, sin auto, sin casa”… y sigue.

Por Marco Antonio Arias M

Si hoy se hiciera un sondeo para saber cuánto entiende el chileno medio acerca de lo que pasó con la economía mundial hace algunas semanas, la respuesta sería un gran signo de interrogación. “Se rompió la bolsa en Norteamérica”, dicen en las noticias, y acá en Chile piensan que alguien va a tener una guagua. Pero no andan tan mal, porque se viene una del porte de una crisis, y lo más preocupante es que la guagua es huacha, porque nadie quiere hacerse responsable de ella.
El asunto no es tan complicado. Todo comenzó en los años 70’, cuando a Estados Unidos se le ocurrió darles créditos hipotecarios a todas las personas que lo quisieran. Todas. Sin importar su condición social, si le alcanzaba o no el sueldo, o en resumidas cuentas, si podrían pagar la deuda. Este tipo de personas eran los llamados “subprime”, o de alto riesgo, y eran los mismos a los que los bancos les negaban los créditos por ser precisamente eso: un riesgo económico. Los encargados de dar la plata fueron agencias crediticias creadas por el Estado, que con el tiempo se privatizaron y comenzaron a chupar la sangre de los subprime en base a préstamos riesgosos. Gracias a este sistema, cualquiera podía tener su casa propia sin mucho dinero. Como el negocio era tan rentable, todos los bancos crearon sus propias agencias de créditos o compraron importantes acciones de estas, basando un porcentaje importante de sus capitales en ellas. Así, se fueron uniendo unos con otros como una gran fila de dominó. El problema vino cuando las tasas de interés subieron y las deudas se hicieron tan grandes que los gringos no pudieron pagarlas, y en septiembre de este año, a todas esas agencias y bancos se les reventó el globo con el que venían jugando hace más de treinta años, cayendo todos, uno detrás del otro.
Lo que nadie sabe, es que en Chile también existe un negocio similar a este, donde se les facilita dinero y formas de pago a personas que no son fiables económicamente y que sin, embargo, son los que más se endeudan. Los subprime chilenos son la clase media. En dígitos, los C3 y los D. Aquellos que ganan 200 mil pesos mensuales, pero gastan 400 mil entre La Polar, Hites y las salidas al mall Vespucio con la magia de sus tarjetas. Tienen Iphone, Blackberry, televisores plasma y ropa de marca. Les preocupa lo que se compra el vecino y trabajan netamente para pagar sus deudas. Viven en La Florida, Maipú, e Independencia. Les gusta la farándula e imitan la forma de vestir de sus ídolos televisivos. Ellos, son los más vulnerables a esta crisis y no tienen ni idea. La tele dice que no hay que preocuparse, ya que en Chile no afectará la crisis, así que están tranquilos. Sin embargo ya han comenzado a tomar precauciones.
Esta es la historia de aquella clase media, hija del modelo neoliberal y de la ideología del consumo. De qué manera surgió y cómo se enfrenta hoy a la crisis económica internacional, aquella que ataca directamente la base de su estilo de vida: el crédito y la capacidad de endeudamiento.

En el ojo del huracán
El mall Plaza Vespucio está despejado y no anda mucha gente en los pasillos. Algo raro para uno de los centros comerciales más populosos de Santiago. Ubicado en la comuna de La Florida, queda al alcance de cualquier persona gracias al metro. Pero ni eso ayuda un lunes por la tarde. Señoras mayores revisando las vitrinas, nanas con coches y uno que otro escolar cimarrero. Ni comparado con la muchedumbre que lo llena los fines de semana. Los pokemones están en clases, por eso las escaleras de acceso están despejadas y no se escucha ningún reguetón desde el altavoz de algún celular. Llama la atención su notable parecido con el Parque Arauco, ubicado a un costado de la avenida Kennedy, en pleno corazón de Las Condes. El Plaza Vespucio está a un lado de la avenida Vicuña Mackenna, que es lo mismo, pero no es igual. Ambos tienen un sector al aire libre con restoranes y casi las mismas tiendas. Al final, y aunque a los de Las Condes les duela, ambos son lo mismo, pues cumplen el mismo rol: saciar el apetito por consumir.
Sentada en una banca, se encuentra Ximena Villanueva. Espera a su marido que fue a pagar una cuenta atrasada de la Autopista Central. Viste una blusa café y unos jeans. Nada de marcas. Ni originales, ni copias. Si viene al mall en horario de trabajo, no es por gusto. Hoy tiene el día libre y sólo acompaña a su esposo en los trámites. De todas formas, no saca nada con ponerse a vitrinear, porque no puede comprar nada.
“Tengo tarjetas de crédito, pero me las bloquearon porque no pude pagarlas. En enero me quedé cesante, y como no encontré trabajo hasta después de seis meses, caí al DICOM y me bloquearon todo. Ahora estoy repactando eso, más el preuniversitario de mi hijo que también lo estoy debiendo”, dice Ximena sin amargarse, con una actitud positiva, casi de resignada. Es la madre de cuatro hijos. Su esposo está cesante y ella debe mantener un hogar con apenas 300 mil pesos que gana en una tienda comercial de vendedora.
“Antes yo trabajaba en un banco, me pagaban re bien y me echaron por recorte de personal. En ese tiempo íbamos al cine, llevábamos a los niños al McDonald’s, paseábamos por el mall los fines de semana y me compraba una polera o un pantalón al contado e iba a la peluquería más seguido. Ahora todo eso son cosas que ya no puedo hacer”, explica mientras vigila al menor de sus hijos, de cuatro años.
Ximena vive en el paradero 29 de Gran Avenida. Su hijo mayor estudia en la Universidad de las Américas, el siguiente cursa cuarto medio en un colegio subvencionado y hace preuniversitario. El tercero estudia en uno municipalizado, y el menor está en un jardín particular. Ximena responde al patrón de la clase media promedio, el cual piensa que en la educación está el futuro éxito económico de las personas.
“Entre el arriendo, la luz, el agua y el teléfono me salen 300 mil pesos. Más la comida son 200. A mí me dan el sueldo mínimo más comisiones, pero igual nunca supero las 300 lucas. Entonces, si te das cuenta, gasto más de lo que gano. Y además me sobre endeudé, porque no he podido seguir pagando las cuotas de las cosas que compré antes. Pero lo elemental es el arriendo y la comida, eso es lo primero, las tiendas pueden esperar”.
Ximena es uno de los tantos chilenos subprime que están siendo afectados por la crisis económica. Pieza fundamental en el fenómeno norteamericano que se está repitiendo en Chile. La esencia del negocio es similar al de Estados Unidos, sólo que acá no son bancos ni agencias las que ofrecen los créditos, sino que son las mismas multitiendas. Estas, al estirar los pagos de la gente en cuotas con las tarjetas de crédito, crean un mercado cautivo que les genera un ingreso permanente de dinero. El principal problema de este negocio, es que las empresas actúan bajo el supuesto de que la gente preferirá pagar sus cuotas antes que la comida. Y vaya que están equivocados. Por ese pensamiento los gringos se fueron al carajo, y ese precisamente es el fantasma que persigue hoy a los dueños de las multitiendas.
Según la Encuesta de Presupuestos Familiares que realiza el INE, los hogares de clase media gastan mucho más de lo que ganan, mientras que la morosidad de estas familias en las casas comerciales suman un total de 830 mil millones de pesos, concentrándose los mayores niveles de deuda en los sectores con clientes de más bajos ingresos, como Johnson’s, Líder y La Polar.
El problema de fondo, y el cual es el que podría desencadenar la crisis (tan ajena para muchos acá en Chile), es que así como en Estados Unidos, aquí también se ha creado un efecto dominó. Las AFP están entre los principales accionistas de las multitiendas. Entonces, cuando Ximena decide dejar de pagarle a la multitienda por darle de comer a su familia, no sólo pierden los gerentes de las cadenas comerciales, sino que se caen también las acciones de las AFP, y por ende, se desvalorizan los fondos de pensiones de todos los chilenos. Por si esto fuera poco, la empresa de retail le pedirá préstamos a los bancos si es que sus clientes no les pagan, así que la banca también perderá plata. ¿Y todo por qué? Porque la gente no puede aguantarse las ganas de tener un iphone y lo compra en 36 cuotas, sabiendo que gana mucho menos de la mitad del precio del teléfono.

De tripas corazón


Con la crisis también llegó el cambio de vida en los afectados. Todos escuchaban de los problemas económicos, sin embargo no entendían mucho. Se asustaron y comenzaron a ser más cautos, sin saber de verdad por qué lo hacían. En los noticiarios llamaban a la calma, aunque todo se veía igual que antes. Con el tiempo llegaron los recortes sin darse cuenta, empezó a faltar la pega y con eso, la plata.
“Tuve que dejar de andar en auto y ahora compramos sólo productos de la marca del supermercado, que son más baratos. Ya no pago nada al contado y dejé de esquivar el Transantiago andando en colectivo. Mis hijos también me cooperan. Se bañan más cortito y andan apagando las luces”, dice Ximena Villanueva.
William Landlers es un fabricante de muebles clínicos, tiene cincuenta años y una cabellera corta y blanca. Tiene dos hijos, uno en la universidad de Chillán y otro en Inglaterra. Llegó a Chile el año 96 desde Perú y puso una empresa en Curicó. Luego se vino a Santiago y arrendó un local en el centro para instalar su empresa, y así estuvo todo este tiempo. Ahora con la crisis, le subieron el arriendo de 250 a 420 mil pesos. Como no estaba en condiciones de aceptar el alza, tuvo que irse, perjudicando su negocio. Despidió personal y les bajó el sueldo a sus empleados. Tuvo que cambiarse de casa y recortarle el sueldo a su señora, que trabajaba para él.
“En estos momentos estoy haciendo un trámite en el banco para ver si me sale un préstamo para las PYMES. La gente puede creer que estoy loco pidiendo préstamos en esta fecha, pero la verdad es que no me queda otra, sin esa plata me voy a pique”, dice Williams, quien ya no tiene ninguna oportunidad de pagar en efectivo o de ahorrar dinero. Tiene seis tarjetas de crédito en distintas casas comerciales, las que usa para comprar comida en el supermercado.
“Yo compro todo a crédito, no puedo comprar en efectivo. Tengo tarjetas de diferentes tiendas y una Master Card que está vacía hace mucho tiempo pues no he podido pagar la mantención”, dice Williams, quien también ha dejado de salir a comer con su señora por ahorrar dinero.
La crisis se empezó a sentir, y los recortes en la vida de las personas fueron más grandes que la satisfacción que trajo la bonanza de los productos con crédito.

El origen del mal

Si se tiene que buscar algún culpable, seguramente todos apuntarían a los empresarios y gerentes de las multitiendas, por hacer que la gente caiga en el jueguito del libre mercado y la magia del crédito. Sin embargo, el problema radica en una cuestión cultural, propia de la identidad del chileno medio. Según el sociólogo de la Universidad Católica, Fernando Dasche, esta “cultura del tener” se instaló en Chile hace tres o cuatro décadas, con la imposición del modelo neoliberal de mercado.
“A lo largo de los años se le ha enseñado a la gente a través de los medios el valer por lo que se tiene y no por lo que se es. De esta forma, para que funcione el sistema, se les obliga a consumir mediante un incentivo: el lograr estatus y prestigio, ¿y cómo los consigues? teniendo televisores, automóviles, una casa en la playa y la ropa de marca”, dice Dasche.
Otra característica de la clase media en relación al consumo y el estatus, es la educación. Ximena está segura que sus hijos tendrán una vida más cómoda y segura si sacan alguna carrera profesional. El problema es que así es como continúa endeudándose.
“Yo sólo espero que todos mis hijos sean profesionales. El mayor va en tercer año de comercio internacional. Imagínate que de Junior gana 350 lucas líquidas. Cuando egrese va triplicar ese sueldo. Por lo mismo necesito salir de esta luego de alguna u otra forma, porque si Dios quiere, mi segundo hijo va a entrar a la universidad el próximo año y tengo que estar limpia en el DICOM para ser su aval y así puedan darle algún crédito para que estudie”.
Los créditos universitarios son parte principal del negocio de los chilenos subprime, ya que la solución a su problema económico se basa (según ellos) en la obtención de un título profesional. Sin embargo, tampoco es gratis, y las ofertas crediticias de los bancos siempre son una opción.
“La clase media anterior creció en manos del Estado, mientras que la nueva lo hizo bajo el amparo de la economía privada. Por eso son muy individualista, les han enseñado que deben rascarse con sus propias uñas y que esforzándose pueden lograr algo en la vida”, dice Fernando Dasche.
El consumo cultural de la clase media se basa en los medios de comunicación de primer alcance. La televisión es la principal fuente de información, e influye directamente en sus formas de consumo. Según el sociólogo, esto va degradando al estrato social.
“La clase media se está involucrando mucho en el mundo de la farándula. Se les presentan modelos de vida, los cuales la gente tiende a imitar. Entonces, ahora triunfar es sinónimo de ser futbolista o casarse con la mujer más bonita de Chile”.
En materias de consumo, la gente sí tiende a imitar a las figuras televisivas, principalmente por la identificación que sienten en sus imágenes. La mayoría de los personajes de la farándula son de clase media que lograron la fama y salir en la televisión por circunstancias irrelevantes. De este punto se puede identificar la relación que hace la clase media, creyendo que la fama, es sinónimo de éxito. El sólo hecho de ser una figura mediática o televisiva, es suficiente como para que se les admire e imite, sobre todo por los jóvenes.

El ataque de los clones

Un día de semana en el Paseo Ahumada siempre será lo mismo. A diferencia del mall Plaza Vespucio, acá siempre está lleno de gente. Ubicado en el centro de Santiago, llegan personas de todos los sectores debido al desarrollado nivel comercial que tiene el sector. Hites, Din, Corona, La Polar, Falabella, Paris y Ripley, todo en menos de cinco cuadras. De vez en cuando, se ve a un flaco con una camiseta del Colo-Colo, un rosario plástico y un peinado tipo aleta de tiburón bien engominado. Luego pasa otro, y otro, y otro más. No andan juntos, ni se conocen. Es la nueva moda a lo Arturo Vidal, el futbolista chileno que triunfa en Alemania. Otra vez un ícono de éxito y superación. Y la gente se peina como él, y se viste como él, y usa el rosario como él. No será el primero, ni el último.
Gustavo Cancino está serio, sentado en su escritorio. A su izquierda, un ventanal polarizado por el cual ve toda la sucursal Hites de Santa Lucía sin que nadie lo vea a él. En su escritorio hay una radio que rechina y dos celulares. Es el gerente de la sucursal, trabaja hace cinco meses ahí, después de haber trabajado 18 años para La Polar. Según su experiencia, las modas van marcando la pauta de lo que consume la gente. Quien salga en televisión, si les cae bien, lo imitarán sin importarles la crisis, si hay, o no hay plata.
“Aparte de la ropa, y la camiseta del futbolista que es lo típico que se llevan los cabros, la tecnología es súper importante. Si el Matías Fernández sale usando un Iphone, créeme que la gente va a querer el suyo. Y los compran desde doce a 36 cuotas. La gran mayoría, el 70% de nuestra clientela usa el crédito”, dice Cancino.
Saliendo de Hites, caminando un par de cuadras, está nuevamente el Paseo Ahumada, la fábrica de clones más barata de Santiago. Por mil pesos las mujeres compran lentes de sol tipo Pamela Díaz (grandes y redondos que tapan hasta las cejas) y extensiones rubias para el pelo. Los hombres pueden elegir entre el gorro imitación de Daddy Yankee por dos mil pesos, o el sombrero a lo Edmundo Varas, de Amor Ciego. Lo impresionante es que todos visten de la misma forma y les da lo mismo.
Rosa Riquelme trabaja hace cuatro años en el comercio ambulante del Paseo Ahumada. Su rostro de abuelita querendona, más el delantal que usa, no reflejan todo el conocimiento que de moda juvenil maneja. En su carro se ven pañoletas, gorros y una serie de lentes de sol: Ray Bon, Dolce&Cabanna y Cucci, entre otros.
“Esos son los que más se venden”, dice la mujer. “las niñas se los llevan porque tienen la marca a la vista, y son igualitos a los originales. Ni se notan. Eso sí, cada vez vendo menos. Ya les da lo mismo endeudarse con tal de comprarse el original. Con tal de verse igual a las minas de la tele les da lo mismo endeudarse”.
“Por eso mismo, los hombres ya no se llevan tanto los aritos bling bling, porque van a las joyerías. No quieren andar con cuestiones de plástico”, se queja Rosa tratando de vender algo. Pero la oferta es variada y los precios igual. A medida que se avanza hacia la Plaza de Armas, por menos dinero se queda igualito a Shakira o Edmundo Varas.
Esto demuestra que en Chile, con tal de aparentar y no ser menos que los demás, la crisis no importa. La crisis se olvida. La plata es para ser, no dejar de ser. Y aunque los mecanismos de crédito se reduzcan y se apriete cada vez más la cosa, la gente no dejará de consumir, si no que buscará otros medios, aún más desesperados para seguir haciéndolo. Porque el de al lado lo hace, y tiene buena situación incluso en tiempos de una posible recesión, ¿por qué no uno entonces? El chileno no puede ser menos que el de al lado.
“Ahí está la gracia, en el saber que no eres menos que el otro si eres igual. Y no pasa sólo con los jóvenes. Muchas veces la gente se compara con alguien relacionado directamente a ellos. Si mi vecino construyó una mansarda en la casa, yo también tengo que hacerlo. O si mi hermano se compró un auto, hago lo mismo. Y la crisis se les olvidó. Ahora, en temas de ropa, influye mucho la tendencia de los futbolistas o de los artistas de moda. Pero es la juventud la más avocada a ese tema”, dice el gerente de Hites.
Ahora, esto para Gustavo tiene su ciencia, a él le conviene que la gente no quiera dejar de gastar. Es su pega. Sabe que mientras las personas piensen y actúen de esa forma, a él no le faltarán las lucas, y podrá seguir consumiendo, ya que también reconoce ser parte del círculo, pero llega sólo hasta las tres cuotas y trata de pagar todo en efectivo. No como el público target de su tienda, que se arma el paraíso de cartón en base al crédito callampa que los tiene a todos por las pelotas. A Cancino no le importa. Mira tras el cristal, achica los ojos mientras levanta la radio de su escritorio y dice: “Manuel, sospechoso con mochila en el sector dos”. Pero tampoco eso le preocupa tanto, después de todo, hasta las tiendas están seguras por el respaldo económico que les provee el Estado en caso de recesión. Lo tiene todo bajo control.